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Red Federal de Noticias

LA ISLA QUE NUNCA EXISTIÓ

Río Negro - Viedma.- (APP) Como es sabido los anales de la navegación registran muchas historias de intriga y misterio, pero una de las más curiosas e interesantes, al menos para nosotros, es la que se relaciona con un supuesto grupo de islas que algunos navegantes dijeron haber descubierto en las aguas del Atlántico austral frente al litoral patagónico; concretamente, ochenta leguas mar adentro frente a Puerto Deseado.

Tan extraña historia comenzó a difundirse allá por el año 1684 cuando el navegante inglés Williams Ambrose Cowley, capitán del navío Batchelor Delight, protagonista de la octava vuelta al mundo, dijo haber avistado estas islas, tres al decir de algunos y una sola según otros, frente a la costa de los patagones, mas a lo que parece él no les asignó nombre alguno.

Esta vaga información no hubiera mayor trascendencia ni repercusión en aquellos tiempos, dado que los navegantes en general trataban de conquistar méritos, prestigio, adjudicándose supuestos descubrimientos o agregando otros a los que ya se sabía habían efectuado sus antecesores, tal como ocurrió con la controvertida historia que trata sobre el descubrimiento de nuestras islas Malvinas.

En este caso de nada sirvió el capitán Wilhams Dampier, compañero de aventuras de Cowley, dijera que, en efecto, habían avistado unas islas; pero también dijo que, a su juicio, eran las mismas que habían visto los navegantes holandeses del navío Geloof en 1600 y a las cuales dieron el nombre de islas Sebaldes o Sebaldinas en homenaje a Sebald De Weert, capitán del buque. A esta aclaración se agregó el informe de otra expedición holandesa, la de Jacobo Lemaire y Guillermo Schouten, quienes ratificaron ese descubrimiento diciendo que, al salir de Puerto Deseado, el mal tiempo los impulsó hacia el Este hasta avistar las islas Sebaldinas. Pero en 1699, Williams Hacke, editor del diario de Cowley, pasó por alto estas noticias, 1as cuales de ningún modo es posible creer que no hubieran llegado a su conocimiento.

Hacke: bautismo y mapa de la isla Pepys

Este editor, a fin de granjearse la simpatía y el favor de Lord Pepys, entonces Secretario del Almirantazgo, amplió el escueto relato de Cowley y, dando vuelo a su imaginación, consideró que se trataba de un nuevo descubrimiento. Asignó el nombre de Pepys a dichas islas, dibujando un mapa de la mayor a la cual agregó, además de varias otras fantasías, una bahía que denominó Almirantazgo y una punta o cabo al cual dió el nombre de Secretario.

Ampliando por su cuenta el relato de Cowley también lo hizo desembarcar en ella, agregando que dichas islas eran gratas a la vista, que allí abundaban los árboles, que estaban deshabitadas, y que la bahía Almirantazgo era un magnífico y seguro puerto que podía albergar cómodamente no menos de un millar de embarcaciones. Dijo además que estaban situadas en los 47° 40 de latitud sur. Lo cierto es que cuando Hacke publicó el diario de Cowley, corregido y aumentado con tantos agregados que sólo tenían por finalidad halagar y honrar a la máxima autoridad del Almirantazgo, en Inglaterra mereció amplio crédito. Nadie tuvo en cuenta que el supuesto descubridor no había dicho tales cosas ni había trazado ningún mapa.

Tan hondo caló en el ánimo de las autoridades este supuesto descubrimiento que, ochenta años después, cuando fue enviada a los mares del sur la expedición del comodoro John Byron, en las instrucciones que se le impartieron y que llevan fecha del 17 de junio de 1764 se lee: “Y por cuanto las islas de Su Majestad Pepys, situadas entre el cabo Buena Esperanza y el estrecho de Magallanes, a pesar de haber sido descubiertas y visitadas por navegantes británicos, jamás han sido relevadas etc.”. Este navegante buscó empeñosamente estas islas explorando toda la zona atlántica aguas afuera frente a Puerto Deseado en dos oportunidades sin lograr su propósito. Ya en ese entonces no era ningún secreto que tanto Francia como Inglaterra, máximas potencias navales de la época, competían en esas latitudes a fin de asegurarse la hegemonía en el tráfico marítimo, para lo cual era necesario disponer de bases estratégicas que les permitieran llegar a los mares orientales.

Boungainville la busca tres veces

Así fue corno a partir de su primer viaje en 1764 a las Islas Malvinas L.A. De Bougainville dice, refiriéndose al descubrimiento de Cowley, que tanto crédito merecía en Inglaterra: “Este navegante no hizo ningún descubrimiento en el mar del sur: pretende haber descubierto en los 47º de latitud austral y a ochenta leguas de la costa de los patagones la isla Pepys. Yo la he buscado tres veces y los ingleses dos veces sin encontrarla”.

Nuevo bautismo de Puig: “La Catalana”

Sin embargo, en 1770, pese a esta información, tanto los marinos como las autoridades coloniales del Río de la Plata seguían creyendo en la existencia de la isla Pepys. En el mes de noviembre de ese año el piloto catalán José Antonio Puig, de la fragata San Francisco durante un viaje que efectuó entre Montevideo y las Islas Malvinas, comunicó a don Felipe Ruiz Puente, entonces gobernador de aquel archipiélago, que el día 12 a las seis de la tarde había avistado la isla Pepys, a la cual había dado el nombre de La Catalana.

A raíz de esta comunicación, el gobernador de las Malvinas informó a su vez a las autoridades de Buenos Aires y Montevideo, y en el intercambio de notas y documentos reservados hasta se propuso que el año siguiente se efectuara un reconocimiento “de la isla Pepys, llamada La Catalana, con el disimulo y naturalidad con que se han despachado embarcaciones a otros descubrimientos”.

Sin embargo, por causas que se ignoran, por Real Orden se comunicó al gobernador de Buenos Aires, don Francisco de Paula y Bucarelli, “que no haga uso de las órdenes que se le remitieron con fecha 9 de octubre para el reconocimiento de la isla Pepys, tal como anteriormente se le había comunicado”.

Esta decisión de las autoridades españolas seguramente obedeció al hecho de que la expulsión de los ingleses de Puerto Egmont en las Malvinas, que el mismo Bucarelli había ordenado, creó una situación tan tensa entre España e Inglaterra que ambas naciones llegaron al borde de la guerra y, en consecuencia, se creyó que era necesario evitar el agregado de nuevos elementos que pudieran complicar la difícil negociación en que estaba empeñada la cancillería española.

En 1702 sigue la búsqueda

Mas este estado de cosas no desalentó a las autoridades coloniales, pues un año después, en 1702, al zarpar con destino a Puerto Soledad la nave Nuestra Señora de Belén, se encomendó al capitán Juan Bautista Acosta que durante la navegación “escudriñara el mar en busca de la isla Pepys”. Lo mismo debían hacer los capitanes de la corbeta Santa Elena y del bergantín Nuestra Señora del Carmen, que lo acompañarían viajando en conserva hasta el archipiélago.

En 1788 la isla Pepys reaparece en un mapa

Cuando los ánimos comenzaron a tranquilizarse, la cuestión de la isla Pepys quedó un tanto olvidada, pero con fecha 7 de abril de 1788, ésta ya por entonces famosa y legendaria isla volvió a convertirse en motivo de preocupación y pasó a ocupar un primer plano en la inquietud de las autoridades coloniales.

Con esa fecha, el gobernador de las Islas Malvinas capitán de fragata Ramón Clairac, remitió al virrey de Buenos Aires nada menos que la copia de un plano que le había facilitado el comandante inglés James Barret de la goleta Harfort Pecket, en el cual se ubicaba la isla Pepys en los 46° 43 de latitud sur y, además le comunicó que en Tierra del Fuego, en una isla deshabitada a la que habían dado el nombre de Nueva Irlanda, se había establecido una colonia integrada por varias familias de agricultores protegidos por un destacamento de cien soldados y una corbeta debidamente artillada. Esta isla estaba situada en los 55° 45 y al parecer era muy fértil pues “producía abundante grano, pimienta y otras cosas”, según las anotaciones registradas en el diario de a bordo, que el capitán Barret mostró a Clairac.

Este informe dió sobrados motivos y suficientes elementos de juicio para alertar a las autoridades españolas, que de inmediato volvieron a preocuparse seriamente de tan controvertido asunto. El mapa copiado por Clairac fue cotejado con el croquis de la isla que originalmente se había incluido en el diario de Cowley. También se lo comparó con el trazado que había efectuado el piloto José Antonio Puig cuando aseguró haberla visto y bautizado, y con otro mapa que había dibujado el capitán de la fragata Diana, quien informó haber estado fondeado en la isla durante 2 horas, aunque por obvias razones este documento se había mantenido en secreto hasta entonces.

Fitz Roy descalifica a Hack

Aunque en el terreno diplomático estas noticias se manejaron con reserva y mucha cautela, ambas cancillerías se mantuvieron en estado de alerta durante bastante tiempo. Pero en 1831 los lores del Almirantazgo impartieron precisas instrucciones al capitán Fitz Roy para relevar las Islas Malvinas diciendo que: “Es necesario destacar nuestra ignorancia actual de las Islas Malvinas -Falkland según ellos- por frecuentemente que se las haya visitado. El tiempo exigido por un minucioso levantamiento no guardará proporción con su valor, etc.”

Es de hacer notar que en este caso ya no mencionaba la misteriosa isla Pepys, pero el capitán de la Beagle, al referir algunos antecedentes históricos relacionados con nuestro archipiélago dice, dejando traslucir cierta ironía: “En 1683-1684, Dampier y Cowley avistaron tres islas entre los 51° y 51º 20 de latitud Sur, que supusieron ser las vistas y bautizadas por Sebald de Weert. Sin embargo, el editor de la narración de Cowley, Williams Hack, publicó una latitud diferente para la tierra vista por aquellos y la llamó Isla Pepys en homenaje al entonces Secretario del Almirantazgo, pretendiendo se la tomara por un nuevo descubrimiento. La falsa latitud dada por Hack fue 47° S; en su trazado de la isla no omitió la inserción de una bahía Almirantazgo y una punta Secretario”.

De Angelis resucita la isla fantasma

Seis años después, en 1837, Pedro de Angelis, conocido historiador del Río de La Plata en la época de Rosas, sin haberse enterado al parecer de esta explicación de Fitz Roy, publicó una prolija recopilación de mapas y antecedentes históricos relacionados con la isla Pepys. Sin proponérselo, incorporó un nuevo motivo de preocupación, esta vez para las autoridades nacionales, por cuanto ya en esa época los británicos habían ocupado las Islas Malvinas, y con sobrada razón se desconfiaba de que también pretendían instalarse en algún punto de la entonces desierta costa patagónica.

Los usurpadores, aun cuando ya habían descartado la posibilidad de hallar tan misteriosa y escurridiza isla, en 1852 reprodujeron todos los mapas y tradujeron a su idioma el trabajo que De Angelis había publicado en 1837. Pero este no sólo se ocupó en recopilar antecedentes históricos, pues también demostró estar sinceramente convencido de que era cierto todo cuanto se había dicho a lo largo de siglo y medio sobre la existencia de tan misteriosa tierra. Tanto es así que, el 18 de diciembre de 1854, escribió al cónsul inglés en Montevideo diciendo que, en caso de producirse el hallazgo de la isla, reclamaba al gobierno de Inglaterra que se le cediera en propiedad la mitad de la misma y una participación en los beneficios que obtuvieran los concesionarios en la caza de anfibios y en la extracción de guano. Esta ingenua solicitud de De Angelis pidiendo que se lo asociara en la explotación comercial de la isla, al ser puesta en conocimiento de las autoridades británicas, seguramente tuvo la virtud de reavivar antiguas y nostálgicas dudas que aún estaban latentes, pues a fin de ratificar o descartar lo que decía tan erudito publicista, se resolvió enviar a la costa patagónica el bergantín Start. Esta nave fue especialmente equipada para efectuar una amplia búsqueda en alta mar, y recorrió el océano Atlántico frente a Puerto Deseado durante los días 15, 16 y 17 de febrero de 1855, sin hallar rastros ni vestigios de isla alguna.

Recién a partir de esta fecha los ingleses dieron por finalizada la búsqueda de la isla Pepys, y se convencieron de que la misma jamás había existido.

Mas lo cierto es que fue ubicada con tanta precisión frente a la costa patagónica, y fueron tantos los navegantes que aseguraron haberla visto e incluso visitado, que costaba mucho convencerse de que tan sólo había sido un espejismo que se reflejó en la imaginación de marinos, cartógrafos y relatores. Además, se trazaron mapas, planos y croquis en los cuales hasta se asignaron nombres a los accidentes geográficos que, según se suponía, debían festonear sus costas. Incluso se llegó a sospechar que también había podido desaparecer bajo las aguas y, a tal efecto, se efectuaron metódicos sondajes que abarcaron desde 60 hasta 170 leguas mar afuera frente a Puerto Deseado, pero los mismos sólo registraron profundidades tan considerables que hasta esa posibilidad se desechó.

Otras islas fantasmas

Además de la isla Pepys se conocen otras historias muy parecidas, como la de las islas Aurora, que los navegantes españoles dijeron haber descubierto en 1762. La situaron a casi igual distancia de la isla Georgia -San Pedro para ellos- que de las Islas Malvinas. Sobre este archipiélago que, de inmediato, fue catalogado como de dudosa existencia, se tejieron muchas historias y fue empeñosamente buscado, y hasta el año 1898 figuraba en algunos prestigiosos atlas de la época.

Otro tanto podría decirse de la isla Elizabeth, que Francis Drake dijo haber descubierto y visitado en 1578, cuando fue arrojado hacia el sur por una fuerte tempestad luego de cruzar el Estrecho de Magallanes. También a esta isla, que nunca pudo ser hallada, los británicos, expertos en cartografiar islas inexistentes, la describieron. Hasta le dibujaron un magnífico y seguro puerto.

Por Manuel Llarás Samitier*
*Nota del destacado historiador y escritor publicada originalmente en Revista Patagónica Nro. 34 enero-febrero 1988
BIBLIOGRAFIA
BELZA, Juan Esteban. En la isla del fuego. Tomo 1. Buenos Aires, 1974.
BOUGAINVILLE, L.A. De. Viaje alrededor del mundo. Espasa-Calpe S.A. Buenos Aires, 1946.
CAILLET-BOIS, Ricardo R. Las Malvinas. Peuser. Buenos Aires, 1948.
FITZ ROY, Roberto. Narración de los viajes de levantamiento de los buques de S.M. Adventure y Beagle en los años 1826-1836. Traducción de Teodoro Cailet-Bois. Biblioteca del oficial de Marina. Buenos Aires, 1953.
TORRE REVELLO, José. Bibliografía de las Islas Malvinas. (Apéndice II: Isla Pepys; a) libros y artículos; b) mapas, planos y vistas; c) documentos.). Imprenta de la Universidad. Buenos Aires, 1953.

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